Ha pasado el verano. A pesar de las temperaturas altas, hemos dejado la playa atrás; ese atractivo bronceado, que tanto nos cuesta mantener, ya lo guardamos con los pareos y los bañadores. Y aunque de puntillas; el otoño se acerca. Yo lo escucho por las mañanas, cuando el basurero con su aspiradora, ruidoso artefacto, traga montañas de hojas, que, previamente, ha ido colocando en montículos amarillos y ocres. No me gusta el otoño, es como una llamada al orden , un aviso de " que viene el frío ": los días se acortan y la lluvia aparece como la visita inesperada a la hora de comer. También empieza el curso escolar; y todos los días, desde mi ventana veo a las madres con sus hijos de la mano, apurando esos minutos hasta llegar al colegio. Este año, después de tantos que ni me acuerdo; he vuelto a sentir la ilusión de ver a mis compañeros del curso pasado. La mayoría hemos vuelto, nadie nos obliga a hacerlo, sin embargo hemos creado un vínculo basado en el sentimiento que une más a las personas : la amistad. Es la nuestra una amistad incipiente aún pero joven y fresca como la ilusión de los niños; eso sí, nosotros la mantenemos desde el primero hasta el último día del curso. Es por eso que mi sol de primavera es para todos mis compañeros de clase, a los que se lo dedico ; gracias a todos y en especial a ellas, mis amigas, que han conseguido que este otoño sea diferente y especial para mí.