viernes, 17 de junio de 2011

La esencia de un día de playa

Cuando era pequeña, un día de playa era toda una aventura. 
A las siete de la mañana, por el ventanuco que comunicaba mi dormitorio con la cocina, un olor a tortilla de patatas me daba los buenos días. Procurando hacer el menor ruido posible, mi madre se levantaba bien temprano para preparar la comida, la cual devoraríamos entre baño y baño; eso sí, respetando las tres horas de " la digestión". 
A las nueve de la mañana salíamos rumbo al mar. Nuestro destino estaba a treinta kilómetros, aún así, había que salir temprano. Al llegar había que buscar un sitio tranquilo; y ayudados por un lugareño, y éste por su burro, transportábamos las sillas, mesas, neveras y una especie de tienda de campaña que mi padre había encargado fabricar y bajo la cual, aún recuerdo que todos nos cobijábamos tanto del sol, como de las frescas noches del verano.
El baño era el mejor momento. Insistentemente, preguntábamos la hora, hasta que por fin, mi hermano y yo lográbamos introducirnos con entusiasmo en un inmenso océano. A veces, con  la yema de los dedos arrugadas, y tiritando de frío, corría a refugiarme con la toalla en los brazos de mi madre. Ya al atardecer, los días en que la marea estaba baja, cogíamos coquinas. Con el dedo gordo del pie, haciendo un hoyo en la arena mojada, en la orilla de aquel mar azul, había días que llenábamos un par de cubitos.
Lo mejor era cuando nos quedábamos a dormir; algún día escribiré sobre eso, cuando acampar en la playa no estaba prohibido, y la naturaleza podía ser disfrutada con toda su plenitud.
Mañana quiero ir a la playa. No será la misma de aquellos maravillosos y lejanos años, ni puedo ir con las mismas personas, e incluso, quizás ni me bañe a pesar de no tener que pedir permiso para ello; simplemente el agua esté fría... Pero emulando aquel entonces, me haré una tortilla de patatas y cuando esté hecha, cerraré los ojos para sentir mejor su aroma y evocaré en mi interior aquellos  veranos de mis playas de Huelva.

viernes, 3 de junio de 2011

Mi sol de primavera

Caminaba por la habitación casi sin percatarse de que su madre la observaba. Había llegado de la universidad y no paraba de mirar su teléfono móvil. Con la agilidad propia de quien se ha criado jugando con  un ordenador,a la vez de con las muñecas; acariciaba las diminutas teclas del invento más manoseado del siglo.Yo la seguía con la vista, con disimulo, y cuando salió del salón, y dobló la esquina del pasillo que da a su dormitorio, también la seguí, aunque esta vez no pude reprimir la curiosidad.
- ¿ Qué te pasa? ( le pregunté)  No has parado de moverte desde que has llegado.
- Hoy me dicen si me dan la beca para estudiar en Londres-
Me contestó casi sin mirarme. Y un desasosiego extraño me invadió; una mezcla de temor a perder mi bien más preciado se unía a la ilusión por verla cumplir sus ilusiones y proyectos.
Pasaron varias horas hasta que le dieron la noticia. Eufórica y entre lágrimas de alegría, me llamó por teléfono.
Casi no entendía sus palabras, pero estaba feliz, de eso estoy bien segura. Yo al oírla, me sentí contagiada y participé de su risa y de su entusiasmo.Solo espero, que el tiempo que esté fuera, pase tan rápido como cuando está conmigo. Ella es mi sol de primavera.