Cuando era pequeña, un día de playa era toda una aventura.
A las siete de la mañana, por el ventanuco que comunicaba mi dormitorio con la cocina, un olor a tortilla de patatas me daba los buenos días. Procurando hacer el menor ruido posible, mi madre se levantaba bien temprano para preparar la comida, la cual devoraríamos entre baño y baño; eso sí, respetando las tres horas de " la digestión".
A las nueve de la mañana salíamos rumbo al mar. Nuestro destino estaba a treinta kilómetros, aún así, había que salir temprano. Al llegar había que buscar un sitio tranquilo; y ayudados por un lugareño, y éste por su burro, transportábamos las sillas, mesas, neveras y una especie de tienda de campaña que mi padre había encargado fabricar y bajo la cual, aún recuerdo que todos nos cobijábamos tanto del sol, como de las frescas noches del verano.
El baño era el mejor momento. Insistentemente, preguntábamos la hora, hasta que por fin, mi hermano y yo lográbamos introducirnos con entusiasmo en un inmenso océano. A veces, con la yema de los dedos arrugadas, y tiritando de frío, corría a refugiarme con la toalla en los brazos de mi madre. Ya al atardecer, los días en que la marea estaba baja, cogíamos coquinas. Con el dedo gordo del pie, haciendo un hoyo en la arena mojada, en la orilla de aquel mar azul, había días que llenábamos un par de cubitos.
Lo mejor era cuando nos quedábamos a dormir; algún día escribiré sobre eso, cuando acampar en la playa no estaba prohibido, y la naturaleza podía ser disfrutada con toda su plenitud.
Mañana quiero ir a la playa. No será la misma de aquellos maravillosos y lejanos años, ni puedo ir con las mismas personas, e incluso, quizás ni me bañe a pesar de no tener que pedir permiso para ello; simplemente el agua esté fría... Pero emulando aquel entonces, me haré una tortilla de patatas y cuando esté hecha, cerraré los ojos para sentir mejor su aroma y evocaré en mi interior aquellos veranos de mis playas de Huelva.